P. Daniel Cerezo desde Macao (China)

Sucedió, según miro mi diario, un miércoles de Pascua. La mañana soleada se presentaba también atareada, con el plato fuerte de la visita de Liu, una joven que ha dedicado varios años de su vida al orfanato de Xi Liulin, al sur de Taiyuan. La primera vez que visité aquel centro fue hace tres años. Entonces había diez niños y niñas no queridos o no deseados que habían encontrado en Xi Liulin un oasis de cariño y protección. La encargada, la señora Yang, que en chino significa Sol –y la verdad, lo es–, no pudo venir ya que había llevado a uno de los huérfanos a Pekín para ser operado de labio leporino.

Yang se preparaba en Shanghái para ser monja, pero su madre enfermó y tuvo que regresar al pueblo para cuidar de su padre. Un día, al ir a la iglesia, se encontró con que en la puerta habían dejado abandonado a un bebé. Lo recogió y decidió, por su cuenta, llevárselo a casa. Hoy cuida a 19 huérfanos. Aunque la mayoría de ellos tienen discapacidades físicas o psíquicas, ella los recoge y cuida como si fueran sus propios hijos.

Yang, la promotora del orfanato de Xi Liulin, con dos de los niños del centro.
No sé cómo se las ha apañado, pero el hecho es que pudo construir –con ayuda financiera de alguna alma caritativa– una casa para el cuidado de los pequeños. Junto a ella, hay otras tres jóvenes que colaboran día y noche en el centro, ya que varios de los niños no pueden valerse por sí mismos y algunos son demasiado pequeños. Este año, Yang ha pedido a Fen Xiang, con cuyo orfanato viene colaborando desde hace tres años, becas para tres niños que van a comenzar el parvulario en el pueblo, situado a diez minutos del orfanato. Yang, una ferviente cristiana, dio un nombre a cada niño del orfanato, y entre los tres signos chinos que normalmente tiene cada persona, dos de ellos son curiosos. Uno es Tian, como referencia a Dios; el otro es Yang, su propio nombre, y el tercer signo tiene algo que ver con las circunstancias en que encontraron al huérfano o huérfana. A ella le hubiera gustado dar a todos el nombre de Dios, Tian Zhu, pero el gobierno local se lo prohibió.

Aparte de estos tres neófitos párvulos, Yang también habló con Fen Xiang para intentar becar los estudios a dos de los niños mayores del orfanato: Yang Tian Ru y Yang Tiansai, ambos de diez años de edad y con gran talento para la pintura. Yang me comentaba que les ayudaría mucho para mejorar su autoestima y para desarrollar sus dotes como pintores. Comenzarán en el mes de junio, y lo harán yendo a clases en una escuela particular, no lejos del pueblo. Irán todos los sábados, el día que no tienen colegio.

Yang sigue recogiendo niños y niñas sin hogar. El último lo descubrió la policía a la entrada de una autopista, en una bolsa aparentemente abandonada. Se encontraron un niño de un par de meses y lo llevaron a Xi Liulin, ya que saben cómo se trabaja allí.

Al fi nal de la visita, Liu, hablando un poco de todo, me dijo que fuera al orfanato cuando pudiera, y que les diera a ellas y a las otras tres personas que cuidan de los huérfanos un par de días de formación sobre la Biblia. Liu volvió a su hogar de Xi Liulin y, casi sin quererlo, su visita fue para mí como un aldabonazo al corazón. Me preguntaba cómo personas sin votos religiosos y sin otra finalidad que la de dar su vida por esos pequeños –rechazados por la sociedad– tienen agallas para, un día y otro, seguir en la brecha entregadas por una causa común: que aquellos niños tengan un futuro mejor, que se sientan como cualquier otro niño y que en un futuro no lejano puedan tener un lugar en la sociedad.

Allí, en Taiyuan, me he encontrado a estas mujeres de las que solo puedo decir una cosa: tienen entrañas de misericordia. Se han acercado a ver la necesidad del hermano y han escuchado el mandato de Jesús: “Vete y haz tú lo mismo”.

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.