P. Emilio José Almajano desde Maroua (Camerún)

El teléfono sonó a la una de la mañana y me sobresaltó; en medio de la situación en la que vivimos supuse lo peor. Y así fue. “Acaban de secuestrar en Tcheré a Gianpaolo y Gian Antonio, los dos italianos, y a la hermana canadiense Gilberte”. Mi mente se aceleró. ¿Cómo es posible que se hayan adentrado tanto en el interior del país? Temíamos otro secuestro, cerca de la frontera, como el de la familia francesa en el parque nacional de Waza, o el de Georges, el sacerdote francés de la parroquia de Nguetchewé. Este nuevo golpe resultaba muy duro; no podíamos hacer nada, salvo rezar y confi ar en las autoridades y en su manera de gestionar el asunto.

Nos llegaban detalles sobre el secuestro: fueron doce los captores, se llevaron el coche de la misión, se fueron por el camino de Dogba…, pero no había noticias sobre los secuestrados. Nos teníamos que rendir a las evidencias: se habían salido con la suya. Hasta su liberación la incertidumbre duró casi dos meses.

El P. Emilio José comparte la comida con un grupo de jóvenes cameruneses.
Desde hacía tiempo teníamos noticias de Boko Haram. Modibo Ngaoundere, un amigo del barrio que se fue a Maiduguri (Nigeria) para aprender el Corán, nos había contado cómo el peligro con el que se vivía allí le había hecho volver. Años atrás, cuando el Ejército nigeriano comenzó a perseguir a esta secta, muchos se refugiaron en nuestra ciudad. Ahora los terroristas robaban en las casas de los pobres, en los mercados, no dudaban en asesinar gratuitamente. Así, 26 personas perdieron la vida en Turu, entre ellas Luk Berkey, un catequista que venía de participar en la Misa dominical. Los secuestros de chicos para combatir, y chicas o mujeres para casarlas, eran frecuentes. Incluso Boko Haram consideraba a las mujeres como solteras cuando estas estaban casadas con hombres no musulmanes.

Los sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos de la diócesis nos reunimos en dos ocasiones para ver qué hacer. Después del secuestro de Georges, se nos pidió a todos los blancos que nos retiráramos; estaba claro que Boko Haram hacía de nosotros una moneda de cambio para financiarse. Tras el segundo secuestro, los de las zonas de más riesgo vinieron a la ciudad y solo iban a la parroquia, escoltados, algún domingo. Dado el elevado riesgo que se corría algunos misioneros tuvieron que partir. La situación nos obligó a tomar precauciones: evitar salidas innecesarias, proteger las parroquias o no viajar en transporte público. Todo con el objetivo de no caer en las manos de Boko Haram. También organizamos encuentros interreligiosos y oraciones por la paz, un fórum de jóvenes en la ciudad de Maroua, también con miembros de las diferentes confesiones presentes en la zona, con el fin de crecer en la convivencia pacífica frente a la barbarie.

Todos estos esfuerzos no eran actos aislados. Musulmanes y cristianos han vivido desde siempre juntos, como buenos amigos, en la región. Las obras sociales de la Iglesia están abiertas a todos: los musulmanes vienen a curarse a los centros de salud de la diócesis, envían a sus hijos a nuestras escuelas, el presidente de la asociación de padres de alumnos de mi barrio es un musulmán. Cristianos y musulmanes colaboran para hacer pozos, escuelas y graneros.

En esta situación de convivencia ha surgido la sinrazón del terror islámico más radical. El atentado de Charlie Hebdo no tiene comparación con los dos mil muertos que dejó tras de sí Boko Haram al noreste de Nigeria, en Baga y aldeas circundantes, en esas mismas fechas. La sinrazón prende fácil en una región donde el nivel de vida es muy bajo (el salario mínimo, reconocido por el Estado, es de 43,5 € al mes) y donde las perspectivas de futuro para los jóvenes son muy duras. Esperamos que cese esta locura, que se restablezca la paz en el extremo norte de Camerún y en el noreste de Nigeria y se pueda reemprender el camino del desarrollo integral de la población.

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.