P. Jorge Naranjo desde Jartum (sudán)
Al levantarme esta mañana me vino a la mente un personaje bíblico que aparece en el Libro de los Jueces. Su nombre es Gedeón. Cuando se dispone a combatir contra los madianitas, Dios le pide que reduzca su ejército para que quede claro que la victoria será debida a la potencia divina y no a la humana. Me pregunté qué me quería decir Dios con esta imagen. Entonces se me ocurrió pensar en nuestra situación en Sudán. Han pasado cinco años desde la llegada del último nuevo misionero comboniano. Tras la separación de Sudán del Sur, las autoridades locales no han dado nuevos visados de entrada a personal misionero y nuestro número va disminuyendo paulatinamente. Además, la renovación de los permisos de residencia es siempre una aventura de incierto final. Por tanto, despojados del número de misioneros
necesario para continuar con nuestros compromisos, despojados también de ‘la legalidad’ en determinados momentos y de la salud en otros, nos toca tener una gran confianza en la potencia de Dios. 

Pero es necesario además discernir con cuidado en qué campos concentramos nuestras escasas fuerzas e intentar cualificar nuestro servicio para que lo poco que hagamos tenga calidad. En esta línea han ido mis esfuerzos dedicados al estudio en el campo de la Educación, que es uno de los sectores en los que la iglesia en Sudán dedica mucha energía en términos de personal y estructuras.

El P. Jorge Naranjo, confesando a un joven sudanés

El 6 de noviembre acabé el máster en Dirección y Gestión para la Calidad de Centros Educativos, de la Universidad Francisco de Vitoria. Ha sido la primera edición on line de este curso, por lo que he podido salvar los problemas legales que me impedían entrar y salir del país. En este nuevo curso, que aquí comenzó el 1 de diciembre, además de continuar con la administración de nuestro centro universitario, el Comboni College de Ciencia y Tecnología, trabajaré en la formación de los profesores de religión. 

El hecho de que seamos pocos y débiles no nos impide soñar ni arriesgar. La gran demanda de estudios universitarios por parte de los jóvenes sudaneses y de los refugiados provenientes de Sudán del Sur y Eritrea nos empuja a intentar construir otra facultad para nuestro centro universitario. Las dificultades para llevar a cabo este proyecto son muchas, y no solo de carácter económico, pero si Dios quiere lo sacaremos adelante. 

Mi jornada empieza con la Misa. Una de las mayores alegrías que Dios me regala cada mañana es la posibilidad de celebrar la Eucaristía a las siete y veinticinco de la mañana con unos treinta estudiantes, algunos universitarios y otros, la mayoría, de nuestra escuela secundaria. Hace unos meses empecé a abrir, a las siete de la mañana, la capilla que se encuentra entre ambos centros educativos. Al inicio me tocó celebrar solo o con una o dos personas. Poco a poco se han ido acercando los estudiantes católicos y es una gozada celebrar juntos la Eucaristía. Tenemos coro, ministros del altar y lectores cada día. Me anima mucho su fe y su deseo de encontrase con el Señor y celebrar cada mañana el gran regalo de la vida. 

Y la alegría se prolonga durante el día al poder ofrecer a tantos jóvenes con escasos recursos la posibilidad de cursar estudios universitarios. Con esta alegría de fondo y con la confianza en la potencia de Dios, que se manifiesta especialmente en la debilidad, es más fácil afrontar los diferentes problemas y dificultades que nunca faltan en nuestra vida diaria, e intentar brillar como humildes estrellas que no deslumbran con su luz, pero que son capaces de orientar en las tinieblas.

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.