Nada te turbe, solo Dios basta

Un joven amigo me confesaba que estaba muy preocupado y me preguntaba qué debía hacer, pues se encontraba muy confuso y turbado consigo mismo. Por una parte le gustaría ayudar y compartir su fe pero, por otra, se encontraba muy a gusto como estaba y con lo que hacía. Estaba contento con la vida que llevaba, con sus amigos, familiares y trabajo, pero también sentía un profundo sentimiento de insatisfacción. Él mismo no se explicaba que le pudiera ocurrir esto. Sentía en su interior como una llamada de Dios que le decía: “Deja todo y sígueme”. Y junto a eso, veía que lo que hacía en su vida también era bueno. Estaba hecho un lío y no dejaba de hacerse preguntas. “¿Qué me ocurre?, ¿por qué yo tengo que cambiar de vida?, ¿no serán alucinaciones mías? Y si dejo todo, ¿qué seguridad tengo de que todo vaya bien?”.
Mi joven amigo intentaba responderse, y se decía que si Dios le pidiera dejarlo todo, como hizo con los apóstoles, entonces se sentiría seguro para dar ese paso tan importante. Pensaba que los primeros discípulos lo tuvieron fácil, pues pudieron ver y oír a Jesús que les llamaba y les decía “Sígueme”. Vueltas y más vueltas a esa inquietud. Aunque había tratado de eliminarla de su cabeza bastantes veces, no lo había logrado, pues siempre volvía —erre que erre— a sentir algo que le decía internamente “Deja todo y sígueme”.
Por eso me preguntaba si eso que sentía era vocación. No se puede responder rápidamente a ese gran interrogante, pero sí que podemos reflexionar sobre la vocación de Dios y cómo el Señor llama —donde quiere y cuando quiere— a sus amigos.

Teresa
Dios llama
La vocación es la llamada que Dios nos hace para dar sentido auténtico a nuestras vidas. Nos invita a seguirle por un sendero que nos llevará a ser felices, a la vez que podamos compartir esta felicidad con los otros. Esta llamada es personal y la hace a través de su hijo Jesucristo.
La llamada llega cuando menos lo esperamos y, aunque Dios siempre toma la iniciativa, nunca se nos impone, sino que se nos sugiere, pregunta e invita. Pero la respuesta es nuestra. Dios nos deja la libertad de seguir o no su invitación. Nosotros seremos felices si sabemos distinguir su llamada y le respondemos.
Este hecho aparece claro en el relato evangélico de los primeros discípulos tomado del Evangelio de Marcos: “Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: ‘Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres’. Al instante, dejando las redes, le siguieron.
Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él”.
Cada uno estaba en su mundo, realizando sus tareas, ganándose la vida como mejor podía. Pero, de repente, Jesús se presenta en sus vidas y les invita a seguirle. Ellos, libremente, deciden dejarlo todo y seguirle.
Esto nos parece carente de sentido en el mundo en el que vivimos. Para nuestro pensamiento racionalista y posmoderno, resulta poco lógico y comprensible que se deje trabajo, familia y amigos para seguir a alguien a quien casi no se conoce y que tampoco ofrece a priori una vida segura ni ningún plan de pensiones aceptable.

Muelle
¿Cómo habríamos reaccionado si esto nos hubiese ocurrido a nosotros? Imaginémonos que, de repente un día, en nuestro trabajo, se nos presentara Jesús y nos pidiera: “Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres”. ¿Dejaríamos todo y seguiríamos al hombre de Nazaret? ¿O nos miraríamos unos a otros diciendo: ‘¡Este tipo está chalado!’ y giraríamos la cabeza para seguir haciendo lo mismo que antes de llegar tan singular personaje? 
Puede que fuera una locura, pero los cuatro pescadores del lago de Galilea, se levantaron, dejaron todo y le siguieron. El contacto con Jesús les tocó tan profundamente que decidieron comenzar una aventura que les transformaría por completo. A pesar de sus debilidades y fallos, Jesús les transformó y ya no le abandonaron más. Más tarde, a través de ellos, lograron que muchísima gente, conociese a Cristo y, a la vez, gozar profundamente del amor de Dios. 
Hoy, muchos no se atreven a fiarse de la llamada que Jesús hace. Piensan que es demasiado arriesgado. “¿De qué podré vivir? Cuándo sea mayor, ¿qué será de mí?”. 
Pero Dios pide que nos fiemos. Él se encargará de todo lo necesario. Lo más importante es seguirle para poder estar siempre juntos. No se trata de un contrato económico, sino de un contrato de confianza, amistad y amor para siempre, tal como hicieron los apóstoles. 
Los primeros discípulos de Jesús, se fiaron de Él y le siguieron allí donde él iba. Vivían, comían, se alegraban y sufrían juntos, pero teniendo la certeza de que solamente junto a Él iban a recibir las palabras que daban vida. Para los apóstoles no fue más fácil que para nosotros, al contrario. Ellos eran los primeros y no contaban con el testimonio de nadie que pudiese afirmarles que hubiera seguido a Jesús y que mereciese la pena. 
Nosotros, muy al contrario, después de dos mil años de aquellas primeras llamadas, tenemos el testimonio de miles y miles de personas que, de múltiples maneras, han escuchado a Jesús decirles “Ven y sígueme” y, dejándolo todo, han emprendido el camino junto a Él. Ellos nos confirman que merece la pena. 

Barco

La vocación de Santa Teresa de Jesús
Entre tantísimos ejemplos, tomo el de una gran santa española, Santa Teresa de Jesús, de la cual celebramos este año el V centenario de su nacimiento. Ella nos cuenta en su biografía cómo al principio ingresó en la vida religiosa buscando un interés personal, pero llegó un momento en el que Jesús se presentó en su vida y le invitó a dejar lo que estaba haciendo y a seguirle de verdad. Al principio le costó y sintió incertidumbre, pero al final, como los apóstoles, dejó su barca, sus redes y sus comodidades y permitió que Jesús la guiase, transformase su vida y la convirtiese en pescadora de hombres para Dios.
Ella nos ha dejado toda esta experiencia riquísima de amor y confianza en sus escritos y poesías, que invito a conocer mejor. Cuando los leáis, no os dejarán indiferentes, sino que os ayudarán a comprender mejor el sentido de la vida y acercaros a Dios. Teresa, después de conocer de verdad a Jesús, no lo cambia por nada. En este seguimiento nos invita a no tener miedo ni a desanimarnos, sino a confiar siempre en Dios.
Si sentís en vuestro interior que Jesús llama a vuestra casa y os invita a seguirle, no tengáis miedo, como nos dice Santa Teresa. “A Jesucristo sigue con pecho grande y, venga lo que venga, nada te espante”, dejó escrito la santa abulense. En mi pobre experiencia, estos versos de Teresa están llenos de verdad y podemos confiar en ellos.

 Nada te turbe, nada te espante 

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;

la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
nada te espante.

¿Ves la gloria del
mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
todo se pasa.

Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en
promesas,
Dios no se muda.

Ámala cual merece
bondad inmensa;
pero no hay amor fino
sin la paciencia.

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y
espera
todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
quien a Dios tiene.

Vénganle
desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
nada le falta.

Id, pues, bienes del
mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo
pierda,
sólo Dios basta.


Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.