La fórmula de la felicidad

Entrevista con el P. Jorge Naranjo, misionero comboniano en Jartum desde el año 2008.

¿Cómo sentiste el deseo de hacerte misionero?
El descubrimiento de una vocación es posible después de un proceso de búsqueda. Y así ha sido también en mi caso. Me confirmé con 17 años, el día 19 de mayo de 1991 en la parroquia de Santa María (Majadahonda). Pero antes de la confirmación ya sentía el gusanillo, la llamada, de ser catequista. Jesús era alguien importante en mi vida y quería transmitir mi pequeña experiencia en la catequesis. Así fue como comencé con los niños de Primera Comunión. Además, este peso de Jesús en mi vida y el deseo de compartir y profundizar en mi fe para seguir creciendo como persona, me impulsaron a seguir como catecúmeno en los Grupos de Fe.

Y eso lo haces compatible con tu vida, con tus estudios, con tus amigos...
Con dieciocho años comencé la carrera de Físicas. Tenía mi vida dividida en compartimentos: los estudios, la catequesis, los amigos, el grupo de Fe y la oración. Desde que era un adolescente siempre he intentado ser constante en la oración, unas veces con más éxito, otras con menos, aunque también con períodos de dejadez y abandono.

Vecinos con P. Jorge
¿Hay algún momento que sea un punto de inflexión en este camino?
En una de las convivencias que tuvimos en la Casa de Betania (Torrelodones) estuvo con nosotros la Hna. Rosa, de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón. Ella había estado 32 años en India trabajando en una leprosería. Su experiencia, vivida en aquella situación de extrema pobreza, nos impresionó a todos. Sin embargo, la huella que ella dejó en mí no fue tanto por mover mi inquietud por las misiones como por el descubrimiento del silencio.
Rosa nos daba unas pequeñas charlas de no más de media hora sobre un tema determinado, y unas hojas con unas cuestiones para la reflexión personal con algún fragmento de la Biblia. Tras su charla, teníamos un prolongado espacio para la meditación en silencio. La mayoría se iba fuera de la casa, con el sol, los árboles, los pájaros... A mí me gustaba quedarme solo en la fría capilla de aquella casa.
En aquel lugar, sin nada que me distrajera, conseguía hurgar en mí mismo, hacer silencio, escuchar lo que salía de mi ser más profundo o lo que Dios quería comunicarme. Intentaba transformar mi monólogo en un diálogo. Allí me buscaba a mí mismo y trataba de presentarme al Padre tal como era, sin máscaras, desnudo, e intentaba descubrir qué era lo que Dios quería de mí.

¿Se abre entonces un período de reflexión interior?
Durante cuatro años, entre 1992 y 1995, mi vida transcurre de esta manera. En la carrera iba sacando los cursos con mucho esfuerzo, lo cual no era poco en Físicas, pero a la vez iba creciendo con mi grupo de catequesis de niños, a la par que ellos también lo hacían. Todo ello sin olvidarme de los amigos de siempre. He tenido mucha suerte con los catequistas, pues de cada uno de ellos iba aprendiendo cosas diferentes y, sobre todo, porque me han ayudado a ser cada vez más consecuente en mi seguimiento de Jesús. Por otro lado, en la oración, al dejarme hacer, iba descubriendo cómo Dios iba situándose en el centro de mi vida, inundándolo todo. Recuerdo que muchas noches yo repetía la frase “Señor mío y Dios mío”.

En este proceso también te ayudó un curso bíblico.
En octubre de 1995 comenzamos a hacer un recorrido bíblico por la historia de la salvación del Pueblo de Israel. Veíamos que su historia era muy parecida a la nuestra personal y que, igual que Dios les acompañaba a donde iban, también podíamos descubrir su presencia en nuestras vidas. A finales de año, o quizás ya a principios del 96, nos encontramos con Abraham. Veíamos como en Jarán, una ciudad próspera como podía ser Majadahonda, estando acomodado y en buena posición social y económica, un día Dios le dijo: “Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre y vete al país que yo te indicaré”. A mí estas palabras me hicieron descubrir que Dios quería que saliera físicamente de mi tierra. Había recibido una buena educación en cuanto a estudios y también en la fe, el cariño de unos padres... Tenía, en definitiva, muchas cosas que compartir, mientras que había un montón de gente que carecía de tantísimas cosas. 

En claseFue así como decidí dar los pasos para poner mis vacaciones de verano a disposición de aquellos que lo necesitasen, en la misión que fuera. El P. Paco Puértolas me puso en contacto con las Hermanas Josefinas de la Santísima Trinidad, que tenían una misión en Santa Rosa (Perú).

¿Sentías ya una incipiente vocación misionera?
Cuando fui a Perú no me planteaba una vocación misionera. La verdad es que ni se me pasaba por la cabeza. No sabía muy bien el porqué de esta invitación, como tampoco Abraham conocía el motivo de su salida de Jarán, de la comodidad, de la seguridad... Pero sí creía que era lo que Dios, en aquel momento, quería de mí. Esta confianza me daba alegría, tranquilidad y seguridad a pesar de ir a lo desconocido.

¿Cómo fue la experiencia peruana?
Fue preciosa, exigente en cuanto al ritmo de trabajo, dolorosa en algunos momentos, profunda a pesar de su breve duración y comprometedora. Cuando volví, comencé, ya sí, a plantearme mi futuro de forma diferente. Consideraba la posibilidad de terminar aquí Físicas y luego irme a Lima para montar allí mi vida. Quería fundar una familia, con muchos hijos por cierto, trabajando en alguna universidad, a la vez que colaboraría con parroquias y misiones durante los veranos o en mi tiempo libre. Quería ser útil en esos países. Pero la verdad es que la cosa no me terminaba de llenar del todo, aunque me viera en el futuro como un cristiano comprometido.
Creo recordar que en ese tiempo, e incluso antes, empecé a plantearme la posibilidad de ser misionero, pero como algo lejano. Enseguida encontraba alguna excusa para echar esa idea fuera de mi cabeza. Me veía llamado a formar una familia. ¿Cómo iba yo a servir para misionero con lo duro que es eso? Además yo podía ser más útil siendo un cristiano comprometido que siendo misionero. Pero en mi oración personal, desde hacía ya tiempo, me venía siempre la pregunta “¿Señor qué quieres de mí?” Sentía como, poco a poco, me iba poniendo de verdad a disposición de Dios.

En la escuelaLa experiencia de Perú, a pesar de todo, te cambió.
Desde la vuelta de Perú comencé a leer las revistas misioneras que llegaban a mi casa y a ver en la tele todo lo relacionado con lo misionero, ya fuera en África o Latinoamérica.
Un día en el número de noviembre de 1996 de Mundo Negro anunciaban un encuentro para jóvenes que quisieran conocer cosas sobre la pobreza y el compromiso de Jesús con los más necesitados... Estaba organizado por los Misioneros Combonianos y se llamaba “Solidaridad y Misión”. Era para el puente de la Inmaculada. Me pareció muy interesante, pero no podía permitirme emplear cuatro días teniendo tanto que estudiar. Cuando otro día, caminando por los pasillos de la Facultad, me encontré con un póster anunciando lo mismo, me quedé asombrado pero tampoco hice caso. Pero ahí no quedó la cosa.
Otro día, nuestro párroco, Santiago, pensando que yo pertenecía al grupo misionero de la parroquia —aunque entonces no era así—, me dio un panfletillo misionero que yo relacioné con lo mismo y que me desconcertó aún más. Eran muchas coincidencias juntas.
El 25 de noviembre del 96, hacia las 7 de la tarde, estaba yo solo en mi cuarto, en silencio, resolviendo problemas de Mecánica Cuántica cuando, de repente, sin saber ni cómo ni por qué, comprendí que tenía que ser misionero. Sentía una fuerza y una alegría tremendas, y lo percibía como una evidencia. Era algo clarísimo que sin saber cómo, me hacía sentir lleno.

¿Cuál fue tu respuesta a aquel convencimiento?

Después de aquella llamada me quedé desconcertado. Durante toda esa semana fui a clase y seguía con los problemas de Cuántica, pero mi cabeza no hacía más que pensar en lo que me acababa de ocurrir. Sopesaba los pros y los contras de lo que suponía la vida de un sacerdote misionero. Pero era tan fuerte la llamada, tan fuerte la presencia de Dios, tan cercano su amor, que la balanza se inclinaba de un lado con demasiada claridad. El impulso que sentía era dejarlo todo e irme.
Solo después de unos días se lo comuniqué a la gente de mi grupo, a los que pedí que lo mantuvieran en secreto. También decidí ir a aquel encuentro de “Solidaridad y Misión”, pues veía que Dios no solo me había dado el campanazo, sino que me había puesto la pista de aterrizaje.

Charlando con feligreses
¿Cómo descubriste que Dios te quería como Misionero Comboniano?
En este encuentro entré en contacto con los Misioneros Combonianos y comencé con ellos mi camino de discernimiento vocacional.
Conocí durante aquel año a otros jóvenes que también creían sentir la llamada a la misión, unos como sacerdotes y otros como hermanos. En su caso la llamada no había sido tan clara como yo la había sentido, pero poco a poco iban discerniendo si realmente Dios los llamaba, o no, a esa vocación misionera, ya que la vocación no es solo un gusto, ni una inclinación. Nadie tiene vocación. Es Dios quien nos invita, nos va afinando el oído y abriendo los ojos hasta descubrir que alguien ha de repartir el amor de Cristo a los más necesitados, y que ese puedes ser tú.

¿Cuándo crees que se produce esa llamada de Dios?
No hay que esperar una llamada telefónica de Dios, ni se nace con una señal especial en la frente. Él llama cuando da ojos para ver “las mieses granadas que se pierden por falta de brazos”. En mi caso, yo había visto que en Santa Rosa, y en muchos otros sitios, abundaban las injusticias, las carencias materiales, que en 15.000 kilómetros cuadrados no había ni un solo sacerdote, que la sanidad apenas existía, la educación era muy precaria...

En este contexto, ¿podrías definirnos qué es la vocación?
La vocación es como un itinerario con señales de por dónde va la pista. Cada señal lleva a la siguiente, sin saber cómo acabará. Es la historia de una amistad con Jesús. Así es cómo lo veía y cómo lo veo cuando “leo” la historia de mi vida. Jesús se ha ido abriendo paso, desplazando a la ciencia, las aspiraciones económicas, amigos, deportes, aficiones, familia.
En la Pascua de aquel año yo escribí: “La vocación me secuestró un día y es ella la que llena mi ser, guía mis pasos, me hace no caber en mí de gozo, me hace mirar las cosas y la gente con nuevos ojos, me grita al oído ‘¡Sal!’”. La vocación, cuando uno se deja hacer, te dirige. El problema es dejar el timón de nuestro barco en las manos de Dios. Muchas veces, ante las dificultades de la vida, nos lanzamos a por el timón para girarlo, aunque solo sea un poquito.

Eucaristía en Sudán
¿Cuándo llegó el momento de reconocer que tu vocación concreta era la de sacerdote misionero?
Con el tiempo, según iba avanzando en el proceso de discernimiento, me identifiqué cada vez más con la figura del sacerdote. Al adentrarme en el conocimiento de la Palabra de Dios, me sentía llamado a anunciar el Evangelio a aquellos que no lo conocen, con la boca y con la vida, y así animar o formar comunidades, a dar a conocer a Jesús, a ser signo de su presencia dando vida...
Por otro lado, me sentía llamado a una entrega para toda la vida, a tiempo completo y viviendo en comunidad entre los más pobres, junto a otras personas que compartieran mi vocación. De ahí mi opción por la vida religiosa.

Y comenzaste con la formación.
Fui a Granada para comenzar los estudios de Filosofía y Teología y, en 1999, comencé el noviciado en Santarém (Portugal). En 2001 continué los estudios de Teología en Roma, donde también hice un máster con diversas materias sobre Espiritualidad y Psicología.
En septiembre de 2005 fui ordenado sacerdote y partí hacia Londres para estudiar inglés. Unos meses más tarde llegué a El Cairo, donde trabajé con inmigrantes sudaneses e hice estudios de Islam y árabe. En septiembre de 2008 llegué a Sudán, donde trabajo y donde doy gracias a Dios de poderle seguir como misionero comboniano.
Así fue como salí de la casa de mi padre para iniciar mi vida misionera. Ahora estoy muy feliz en Jartum, pero el Señor me sigue invitando a salir de mí mismo para encontrarme con Él en cada persona.

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.