Hno. Amancio Galeón desde Baños (Perú)

Hace mucho que no escribo a causa de la monotonía de los días. Parece que todos los días son iguales, pero también se suceden acontecimientos que rompen la monotonía, sucesos que ponen a cualquiera la piel de gallina.
Hace unas semanas salí para Huánuco a las 4 y media de la mañana. Normalmente los taxis o furgonetas prefieren ahora pasar por la localidad de Jesús, para evitar el mal estado de la carretera. Sin embargo, nuestro conductor decidió tomar la ruta de Choras, para dejar a dos pasajeros en Caramarca. Normalmente a partir de esta población es cuando comienzan los barrizales y aparecen los baches, producidos por los camiones y los automóviles que se quedan atascados en el camino.
En algunos momentos tuvimos que bajar del vehículo para evitar el peso y pasar el barrizal. Mientras, yo caminaba por la linde, agarrado a un alambre de espinos, para no resbalar. Por fin, después de todo, pudimos llegar a un lugar donde esperamos a un taxi.
El vehículo derrapaba de forma tremenda. A un lado teníamos el cerro y al otro el abismo, donde el billete es solo de ida. En ese punto, en el Marañón, el barranco tendrá casi 500 metros de altura de caída libre.
El taxi era viejo y las puertas se abrían solas por lo que tuvimos que poner el seguro. La puerta del maletero de atrás también se abría. Y la única maleta que había era la mía, que bailaba con los baches, aunque no corría riesgo de caerse. Sin embargo, al llegar a Caramarca la cogí y me la puse entre las piernas, aprovechando que el conductor estaba cobrando a los pasajeros. Cuando fue a cerrar el portón del maletero y no la vio allí, creo que pensó que la habíamos perdido por el camino.
Después de 55 kilómetros de terracería llegamos a la pista asfaltada. Nos entretuvimos entre dar aire a las ruedas, ajustar el radiador y sujetarle con unos tornillos que hubo que quitar a la bisagra del capó. Como era de esperar, perdimos algo de tiempo. Al llegar a Mitotambo, a 20 kilómetros del final del viaje, comenzó a oler a goma quemada. Para vigilar cómo iban los neumáticos, el copiloto iba mirándolos con la puerta medio abierta.

El estado de las vías y la inseguridad, difi cultan el tránsito de personas y mercancías en Baños (Perú).
Cuando llegamos a Huancapallac comprobó que salía humo de la rueda, por lo que podíamos tener algún problema de frenos. Poco antes de llegar a Huánuco nos paró la policía y ahí llegó la anécdota del viaje. Como el conductor necesitaba gafas, pero no las llevaba en ese momento a mano, tuve que dejarle las mías para pasar el control y que el agente no le multara. Así, después de 4 horas y media, llegué por fin a casa.
Para el regreso, salí también a las 4 y media de la madrugada del día siguiente. Confiaba en que el taxi no volviera a tomar la ruta de Choras. Hasta que no amanece nadie se atreve a ir por Jesús ya que en La Tocana son habituales los asaltos a los vehículos. De Baños a Huánuco hay tres rutas muy peligrosas. En la de La Unión, en Pato Pampa, en un lugar donde no hay ni señal de teléfono, se han producido asaltos y violaciones. En la de Choras, en Caramarca, otro tanto. En la de Jesús, a la altura de La Tocana, en una curva entre las rocas, como ya he dicho, no son infrecuentes los disparos y las agresiones a los pasajeros...
Pero el conductor, haciendo caso a mis deseos, decidió regresar por Choras. Además de no haber llovido, habían nivelado el camino. Llegamos en 4 horas y 10 minutos a Baños.
No hay logros demasiado evidentes en nuestro trabajo, pero sigo contento. Esta es una misión donde los frutos no se perciben de inmediato pero vale la pena continuar la labor como el trabajo de preparación para el bautismo o para la comunión de los adolescentes. Muchos jóvenes, al acabar la secundaria, desaparecen para continuar los estudios en la ciudad. Y el párroco, que trabaja, que se esmera, al llegar las vacaciones de Navidad, se queda como novia de rancho. Bueno, en este caso, como novio de rancho: solo y alborotado. Pero la esperanza no se pierde. Dios dirá.

Los Misioneros Combonianos son un instituto misionero que realiza su trabajo en más de 30 países en África, América, Asia y Europa.